Desde que Francisco Gabrielli apostó con Bodegas Giol a lograr una herramienta compensadora en el mercado de vinos, que disminuyera o al menos estabilizara las variables en el esquema diferenciado de valores agregados entre precios de uva y precios de vino, las brechas se aumentaron. La decisión de aquella época fue otorgar al eslabón [...]
Desde que Francisco Gabrielli apostó con Bodegas Giol a lograr una herramienta compensadora en el mercado de vinos, que disminuyera o al menos estabilizara las variables en el esquema diferenciado de valores agregados entre precios de uva y precios de vino, las brechas se aumentaron. La decisión de aquella época fue otorgar al eslabón más débil de la cadena – el productor primario – la posibilidad de crecimiento sostenido dentro de una política de mercado, que integrara a quien estaba más expuesto a riesgos no solamente climáticos sino económicos, dándole previsibilidad a mediano y largo plazo. Así se planteó una variable de crecimiento y una verdadera política de estado en materia vitivinícola. Si esa línea se hubiese continuado ininterrumpidamente, hoy hablar de mercados y stock vínico sería más fácil
Luego de aquella visión, no hubo planificación seria de crecimiento integrado entre el sector productivo y el industrial. Los vaivenes cíclicos del mercado han elevado y sumergido alternativamente con sus impactos al sector productivo, estableciendo diferencias sustanciales de rentabilidad entre producción e industria, y por tanto situando en riesgo de supervivencia al más condicionado.
Los planes de incentivo y sustentabilidad han sido coyunturales.
Desde esa base, podemos apreciar algunas cuestiones de la actualidad vitivinícola:
El mercado externo consume el seis por ciento de la producción, y está en muy buenas manos del empresariado mendocino, eficaz y rentable, con producción mayoritariamente propia y productores asociados a ese rumbo.
El mercado interno habla del noventa y cuatro por ciento. Y la tendencia es el consumo de vino tinto. Vino que significa un color típico, determinado por notas técnicas de color decididas desde el INV.
Que excluye a los blancos, de los que hay excedentes. Pero que en vez de permitir derivar tales excedentes de blancos a corte para aumentar stocks y permitir aumento de volúmenes ha mercado, el Gobierno importa tintos chilenos para compensar alzas de precio causados por mermas de producción y cosechas. La misma finalidad, pero vista desde diferentes causas.
Dentro de ese gran mercado interno conviven los vinos producidos por Bodegas particulares y los acopiados desde las cooperativas hacia la ex Giol hoy Fecovita como gran concentrador industrial de valor agregado. San Rafael aporta aproximadamente al consumo un estimado de ochenta y un millones y medio de kilos de uva molida (81.344.941 Kg.) que significan un promedio de sesenta millones de litros de vino (59.832.500 lts.) para el año 2010. General Alvear aporta treinta y dos millones de litros (31.957.200 lts.) de vino, y cuarenta y tres millones y medio de kilos (43.407.727 Kg.)de uva. Ambos acumulados constituyen el seis por ciento (6%) del total de kilos/uva y el ocho por ciento (8%) del total de litros de vino. Y estas cifras (oficiales del INV al 08 de agosto del 2010) tienen que ver con la producción obtenida en la última cosecha. Pero cuando hay malas cosechas, la falta de previsibilidad dispara precios, y allí es donde la oportuna liberación de stocks para sostener los despachos de ventas, el uso de las herramientas de ley como la fijación de mayores o menores puntos de color, la autorización de vinos a corte para compensar tales desfasajes, deben ser ágiles con sentido de oportunidad, conveniencia y estrategia política. La variación de medio peso o cincuenta centavos en el litro de vino, impacta consecuentemente en una variación de QUINIENTOS MILLONES DE PESOS de ganancia o de pérdida, según tal criterio de oportunidad o inoportunidad.
Solamente entre septie