Mendoza Economico

Opinión

Abril 18, 2009

La economía post electoral

El economista Luis Curia escribio esta columna en el matutino porteño Buenos Aires Económico que compatimos con nuestros lectores analizando el panorama post electoral

por Eduardo Luis Curia  - Economista

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El anticipo de las elecciones no sólo aceleró y concentró presiones en el ámbito económico, sino que también acelera la reflexión sobre los escenarios económicos posibles poscomiciales.
Un mayor realismo demanda integrar el análisis económico con el propiamente político-electoral, pero, de todos modos, se pueden ensayar algunas líneas en cuanto a escenarios económicos en danza.
Naturalmente, se debería empezar trazando un boceto del cuadro económico de base esperado para ese entonces. Por de pronto, y más allá de que pueda atisbarse cierto oxígeno en la economía americana, con alguna repercusión mundial, da la sensación de que nuestra economía aún podría seguir enredada en un estadio de crecimiento bajo o nulo, o aun negativo.
Sin una perspectiva firme de repunte económico, el sector fiscal, entendido como ariete anticíclico pero con limitaciones para fungir en concreto como tal, muestra una clara erosión de su superávit primario en el plano nacional. En las provincias, la situación fiscal agregada es floja, algo distendida, sí, por la coparticipación de las retenciones.
Como es sabido, por factores de arrastre, la lógica reputacional del sector público es mala en la Argentina, por lo que las posiciones deficitarias suscitan prevenciones y susceptibilidades en las expectativas, con más razón, cuando se vino dando un fuerte proceso de salida de capitales. Añádase la cuestión de los altos vencimientos de la deuda y la escasa financiación externa que hasta este momento se detenta.
La dinámica del sector externo y del balance de divisas también está en juego. Más aún, la incorrecta política cambiaria del Banco Central, con su intento inicial de aplicar una pauta de represión cambiaria, luego desdibujada notoriamente, pasó a integrar el problema. Con un nivel cambiario poco realista, que no ayuda en lo productivo –ni en otros ámbitos–, la dinámica de las minidevaluaciones apiladas alienta la desmonetización y cierta dolarización de carteras y hace perder reservas de más. Súmese un dato curioso en lo externo: el superávit comercial cae, pero menos que lo previsto en ciertas estimaciones más duras porque las importaciones ¡se derrumban!, en medida especial por la gran desaceleración económica (y algo aportan las prácticas de defensa comercial).
A su vez, una mecánica inercial vinculada con las fuertes presiones inflacionarias inherentes a la instancia anterior de la economía, a pesar de la desaceleración de la actividad en curso, alienta un movimiento de inflación supérstite, aunque con un vigor aminorado, donde el empuje de los servicios parece llevar la delantera. La imagen tiende a ser de estanflación.

BOCETO DE LA OPCIONES BÁSICAS. Por supuesto, dentro de las opciones posibles, pero, a la vez, revelándose pronunciadamente dañosa, se encuentra aquella que consiste en incurrir en una anomia económica generalizada. En un desdichado marco de este tipo, los problemas que sin duda enfrenta el país tenderían a abrumar, sin hallar por parte de la política respuestas superadoras. Así las cosas, habría que habituarse a un plexo posible de combinaciones entre niveles de recesión y de inflación, con expectativas muy en baja y el dólar funcionando como un termómetro febril de la instancia, difícil de calmar, incluso, inyectando en plaza fondos de diverso origen.
Evidentemente, la opción mencionada recién suscita desasosiego. A su vez, están aquellos que, ante las vicisitudes presentadas, y pensando en respuestas más afirmativas, vaticinan un ajuste ortodoxo. Por supuesto, la alusión a un ajuste de este tenor, acarrea enseguida reminiscencias sobre los aspectos contractivos y de daño social que suelen serle inherente.
No obstante, un examen estricto de la cuestión exige evaluar con seriedad los argumentos que se exponen para semejante vaticinio. El tal examen termina revelando que el ajuste ortodoxo no es la opción más conveniente, pero, que, en paralelo, hay argumentos no desdeñables que la asisten.
Por ejemplo, una situación en el frente fiscal que se perciba progresivamente endeble, con altos vencimientos de deuda y con expectativas cada vez más susceptibles respecto de este plano, alienta la tentación para exigir un ajuste riguroso en aquel frente, que debería pasar mayormente por el lado del gasto, dada una presumible inelasticidad inmediata de los recursos. Asimismo, con una instancia ardua en materia de divisas, y sin descartar cierto aporte de fondos en algún momento, el ajuste ortodoxo puede incluir un sinceramiento inicial en materia cambiaria (después tendería a la apreciación), ante lo cual, el tema de las retenciones se presenta vidrioso, dada la postura que los círculos ortodoxos sostienen al respecto. Cuanto menores, en hipótesis, las retenciones, tanto mayor la necesidad del ajuste fiscal vía gasto y mayor el golpe inmediato en materia de ingresos populares.
Ahora, algunos comentarios sobre esta imagen del ajuste ortodoxo que construimos. Algunos pueden considerarla una caricatura. Puede ser. No obstante, recoge elementos que suelen aparecer “aquí y allá” en el discurso de los ortodoxos en materia de sector fiscal, tipo de cambio, retenciones, etc., y los articula. Otra cosa es que después los emisores del discurso se arrepientan al extraerse las implicancias plenarias de los propios razonamientos por escorzos que ellos practican: sin duda, la imagen es severa en cuanto a las secuelas contractivas adicionales. También está el caso de economistas sagaces que, en sí, seguramente no comparten la filosofía del ajuste ortodoxo, pero, que, sin embargo, da la impresión de que “se solazan” puntualizando un “embudo” que conduciría ineludiblemente a ese tipo de ajuste.
De todas maneras, un análisis no puede ceñirse meramente a expresar preferencias sin calibrar las dificultades objetivas. Es verdad que las hay, y muy duras. Por ejemplo: si deseáramos insistir en el rol reactivador del sector público, con una actividad que siguiera menguada y recaudando poco, y esfumándose el superávit, ¿recurriríamos a la emisión monetaria masiva para cerrar baches? ¿Funcionará esto en medio de la incertidumbre, con un sector externo sensible y presiones cambiarias? Justamente, dados estos últimos elementos, ¿podemos conformarnos con el nivel de paridad cambiaria real actual? La dinámica monetaria y de préstamos también afronta cuitas. Y qué decir de las inercias de arrastre que empujan algo de inflación aun en el seno de la ruda desaceleración económica… Seamos sinceros: afrontamos compromisos de política muy rigurosos. Estamos lejos de un “paseo en carroza”.

¿Y SI OCURRIERA UN “MILAGRO”?. Este podría provenir de una irrupción bastante generosa de fondos externos, bajo criterios de condicionalidad casi nulos y siendo fácilmente reciclables (algo así como una mezcla de aportes del G-20, aunque parezcan apuntar más a países de Europa del Este, del propio FMI, del swap con China y de cosas por el estilo). En tal caso, habría que preocuparse menos por el nivel competitivo del tipo de cambio, y, probablemente, se ampararía una mayor laxitud fiscal; y, la exposición de los ingresos populares sería menor. El flanco débil residiría, aun computando algún repunte de la actividad, en el tema de la sostenibilidad externa en el tiempo del esquema, muy atado a la asistencia de fondos, con un cambio atrasado y afectando al sector de transables. Desde aquí, podrían provenir problemas mediatos severos.
En el medio de las dos últimas opciones, se ubicaría aquella, que preferimos, que apuntaría a retomar los lineamientos del modelo del lapso 2003(2002)-2007. Se asentaría menos en la asistencia de fondos externos y más en el realismo cambiario. Una ventaja en este punto respecto del enfoque ortodoxo, es el dato de “compensación” que arriman las retenciones en el nivel que puedan usarse. No cabría la laxitud fiscal, pero, ayudaría la mejora de recaudación por vía externa. Dado un horizonte más atractivo para el sector de transables en general y el industrial en particular, podría intentarse una política de ingresos acordada sincronizable con la posibilidad de recuperación. Es una opción, en lo inmediato, más dura que la del “milagro” y menos dura que la ortodoxa; y, frente a ambas, gana en sostenibilidad de todo tipo en el tiempo.
Lo que es indiscutible, de cualquier modo, es que los márgenes de acción a mano son muy finos, lo que la dirigencia política debe tener muy presente.

Una forma extrema de sentir el cine!

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