Mendoza Economico

Opinión

Enero 12, 2009

Crisis y transformación: un cambio de época

El economista del Plan Fenix y director editorial del dairiomporteño Buenos Aires Económico, publico esta interesante y aguda visión sobre la relación entre las crisis y la historia de los pueblos que compartimos con nuestors lectores.

por Aldo Ferrer  - Doctor en Economía, integrante del equipo del Plan Fenix

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El derrumbe del mundo del dinero en el 2008 y sus repercusiones sobre la economía mundial están provocando cambios profundos en el sistema internacional. Uno de ellos es la intervención masiva y concertada de los gobiernos de las principales economías industriales y emergentes, para poner fin al descalabro del mercado financiero globalizado. Esto contribuye a recuperar las funciones del dinero referidas a la economía real (operaciones interbancarias, crédito para la inversión y el consumo, comercio internacional), que fueron afectadas, por primera vez desde la gran crisis de los años 30, por el colapso del componente especulativo del sistema.

El interrogante que subsiste es cuán profundo y duradero será el impacto del derrumbe de las cotizaciones de los activos financieros, sobre las decisiones de consumo e inversión en las mayores economías y en el comercio internacional. Recuérdese que, entre fines del 2007 y 2008, la caída de las cotizaciones de los activos negociados en todas las plazas financieras alcanzó casi 30 billones de dólares, equivalentes a dos veces el PBI de los Estados Unidos y 40% del mundial.

En tal sentido, dos cuestiones serán decisivas. Por una parte, la eficacia de los programas anunciados por los gobiernos de las mayores economías del mundo, para sostener la demanda efectiva. Por la otra, las expectativas de los agentes económicos que, actualmente, son tan negativas, que agravan el impacto de la crisis financiera. Las expectativas son muy volátiles, tanto en el auge como en la contracción, y es probable que en el transcurso de este año que se inicia observemos un cambio de ánimo impulsado por el cambio de las políticas públicas. Al fin y al cabo, el Estado es el garante último de la viabilidad de las economías de mercado y los principales países son tan interdependientes que sus gobiernos están actuando conjuntamente para preservar la viabilidad del sistema. En consecuencia, cabe esperar un progresivo repunte de la economía mundial hacia la segunda mitad del año que se inicia.

En cualquier caso, no se deben perder de vista las transformaciones de fondo que tienen

lugar en el orden mundial y cuya trascendencia excede la de los acontecimientos comentados. Antes de la situación actual estaban planteados, y subsisten agravados, desequilibrios y amenazas referidos a las agresiones al medio ambiente, las gigantescas desigualdades en los niveles de bienestar, el terrorismo desencadenado por los fundamentalismos, el narcotráfico y otras calamidades. El fin de la guerra fría proyectó al primer plano conflictos que estaban encubiertos por el enfrentamiento de la posguerra. Al mismo tiempo está llegando a su fin el oligopolio sobre la ciencia y la gestión del conocimiento.

Desde Galileo, Newton, Leibnitz, Descartes y la Revolución Industrial, esto fue un patrimonio exclusivo de Occidente.

La globalización y la distribución del poder en el orden mundial se sustentaron, durante cinco siglos, sobre la hegemonía tecnológica e industrial de Europa Occidental y su mayor vástago, los Estados Unidos, es decir, las grandes potencias del Atlántico Norte.

A partir de la Restauración Meiji en Japón, a fines del siglo XIX y después de la Segunda Guerra Mundial, el extraordinario desarrollo industrial y tecnológico del mismo país y de los Tigres Asiáticos (Corea, Taiwán, Malasia,Singapur) incorporaron por primera vez en quinientos años nuevos protagonistas no europeos a la producción y el comercio mundiales de los bienes y servicios provenientes de las actividades industriales de la frontera tecnológica. Pero ese grupo de países, con el 5% de la población mundial, no podía desplazar el centro de gravedad del sistema mundial localizado en el Atlántico Norte. Es recién, en las décadas finales del siglo XX, con la incorporación de China y también de India, ambos países con el 40% de la población mundial, que Oriente aparece como un nuevo centro de gravedad del sistema internacional. Esto constituye un cambio de época, con consecuencias de vasto alcance.

Las civilizaciones de Asia ,que hasta el siglo XV, eran tanto o más avanzadas que las de Europa Occidental, están demostrando, después de un largo período de atraso y subordinación, su capacidad de vincular la tradición de grandes culturas con la investigación científica y la gestión del conocimiento.

En nuestro tiempo, los países emergentes de Oriente están logrando, como propuso Mao, caminar en dos piernas. Una propia, la tradición. Otra occidental, la ciencia y la tecnología.

Los llamados “valores asiáticos”, fundados en culturas milenarias, son distintos de la experiencia racionalista y cientificista de las naciones avanzadas de Occidente.

El hecho más importante de las transformaciones de fondo que tienen lugar en la actualidad radica en que esos “valores” demuestran ser compatibles con el desarrollo científico y tecnológico y, por lo tanto, con el desarrollo económico. Max Weber asoció la ética protestante al desarrollo del capitalismo. Resulta ahora que la ética de Confucio y Lao Tse y las organizaciones sociales que les dieron origen, en el marco de nuevas y originales formas del capitalismo y del desarrollo nacional, son compatibles con la gestión del conocimiento, la industrialización y la transformación de la estructura productiva e inserción internacional.

En Oriente, la tradición es un factor de coherencia étnica y social y de reserva de valores culturales ancestrales que, ahora, resultan compatibles con la densidad nacional en los respectivos espacios territoriales, dentro de los cuales se despliegan los recursos y el talento de cada sociedad.

La comparación de la experiencia de América Latina con la de esos países da lugar a reflexiones sugestivas. Ambos espacios fueron objetos pasivos de la globalización, iniciada con el descubrimiento del Nuevo Mundo y la llegada de los navegantes portugueses a India, en la última década del siglo XV.

Pero la presencia europea tuvo consecuencias radicalmente distintas en una y otra parte.

En Oriente establecieron posiciones de dominación pero no desarticularon las civilizaciones preexistentes. Es decir, la presencia europea convivió con las culturas originarias. En América Latina, las organizaciones de los pueblos originarios del Nuevo Mundo se desplomaron ante la presencia de los conquistadores.

Un siglo después del desembarco de Colón sobrevivía sólo alrededor del 10% de la población preexistente que alcanzaba, de un extremo a otro de América, a alrededor de 60 millones de personas. Sobre la población nativa sobreviviente y sometida, los europeos implantaron su propia presencia y, enseguida, otro hecho extraordinario: la esclavitud de más de 10 millones de africanos destinados a la producción de las minas y las plantaciones tropicales.

En la mayor parte del Nuevo Mundo, los europeos fundaron nuevas civilizaciones fundadas en la fragmentación social. En América del Norte, la historia fue distinta. Sobre las trece colonias británicas originales, emergió un vástago, los Estados Unidos, que alcanzaría la posición dominante en el sistema global. El mismo origen tiene el otro país desarrollado del continente: Canadá.

En América Latina, la tradición incluye la fragmentación social, el sometimiento originado en la conquista y la esclavitud, la concentración y extranjerización del dominio de los recursos y el pensamiento alienado asociado a los intereses de los centros de poder transnacional. Es decir, condiciones inadecuadas con la gestión del conocimiento y el desarrollo económico. Así se explica que, después de dos siglos desde la independencia, no hayamos logrado alcanzar un nivel de desarrollo y bienestar a la altura de los recursos disponibles. El desafío de nuestros países es así más complejo que en otras partes porque, en ellos, debemos, simultáneamente, enfrentar los desafíos del futuro y remover los obstáculos históricos a la construcción de la densidad nacional.

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