Mendoza Economico

Opinión

Diciembre 22, 2008

Crisis terminales comparadas: el país del 2001/2002 y la mundial del 2008

El doctor Aldo Ferrer escribió esta columna sobre las crisis en el diario porteño Buenos Aires Económico que el dirige y nos es grato compartir con nuestros lectores

por Aldo Ferrer  - Economista

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Tales fueron la mundial de la década de 1930 y la argentina de la misma época. Son terminales también la actual conmoción del sistema económico internacional y la que tuvo lugar en nuestro país en el transcurso del 2001/2002. En todos los casos, las crisis terminales comenzaron por un gran desorden en el mundo del dinero y se proyectaron a la economía real.
La crisis mundial actual es el epílogo del gigantesco mercado especulativo resultante del aumento de la liquidez internacional alimentado, principalmente, por el deficit de los Estados Unidos y la desregulación de las transacciones financieras, promovida por los países centrales. Sobre estas bases, los operadores montaron una sofisticada red de derivados e instrumentos que multiplicaron las operaciones fundadas, como sucedió con las hipotecas subprime norteamericanas, en activos vulnerables y negociadas a escala planetaria. El contagio de los activos tóxicos abarcó la totalidad de las plazas financieras de las mayores economías industriales y desató una crisis de expectativas y fuga del riesgo, que desplomó las cotizaciones en todas las plazas del mundo. A diferencia de otras turbulencias del pasado, que afectaron a pocos operadores o a mercados específicos (como el de las acciones puntocom), la crisis actual comprometió a la totalidad del mundo del dinero, incluso a las operaciones interbancarias y los flujos normales de crédito para el funcionamiento de la economía real. El impacto de la crisis en la economía real es de vasto alcance porque provoca una reducción del patrimonio de los particulares y la reducción del crédito, con la consecuente contracción de la demanda efectiva de consumo e inversión: la situación es agravada por expectativas negativas que reducen aún más el gasto.
La crisis actual ha provocado un drástico cambio de comportamiento de los estados de las mayores economías industriales del mundo. Los gobiernos están interviniendo, masiva y coordinadamente, para restablecer el orden en el mundo del dinero. Probablemente, lo lograrán en plazos breves. Para el sostenimiento de la demanda efectiva, la producción y el empleo, los gobiernos están anunciando planes de obras y programas sociales, también de gran dimensión y vasto alcance. Es probable que la recesión instalada a fines de este año 2008 se prolongue en el transcursos del 2009, mientras surten efecto los programas de inyección de gasto y se recuperan las expectativas y el consumo e inversiones privadas. La crisis es un golpe muy fuerte a la ideología neoliberal gestada durante el prolongado período de la hegemonía del mundo del dinero y la especulación financiera. Seguramente, las principales economías industriales del mundo acordaran nuevos marcos regulatorios para los mercados financieros. A escala global, la ideología que sustento el Consenso de Washington y las estrategias neoliberales en América latina y en otras partes, ha perdido credibilidad. No cabe esperar, por lo menos en el futuro previsible, recomendaciones, promovidas desde los centros, en la misma línea del pasado cercano, que culminó con el descrédito en la periferia y, ahora, el colapso en los mismos países centrales.
En la crisis argentina del 2001/2002, los detonantes fueron los desequilibrios macroeconómicos provocados por la sobrevaluación del peso, la dolarización del sistema monetario y el crecimiento continuo de la deuda externa, Cuando fue evidente la insolvencia del sistema y cesó el refinanciamiento externo de la deuda, se desató una fuga de capitales que culminó con el derrumbe del régimen de la convertibilidad. La economía real, que soportaba un largo proceso previo de de deterioro, entró en una contracción profunda y un desorden económico generalizado, incluyendo un nuevo brote hiperinflacionario.
El colapso trastocó el funcionamiento de la economía. Hacia principios del 2002, la profundidad de la recesión había aumentado la brecha entre el producto real y el potencial al 30 por ciento. Existían entonces recursos ociosos que permitían recuperar la producción y el empleo en cuanto se expandiera la demanda y estableciera la gobernabilidad de la economía. La crisis provocó una fuerte caída de las importaciones, lo cual, sumado al default sobre la mayor parte de la deuda externa en un contexto de considerable crecimiento de las exportaciones, generó un sustantivo superávit en el balance comercial y la cuenta corriente. La progresiva normalización del funcionamiento de los mercados reales y financieros permitió recuperar la recaudación de impuestos, financiar el gasto público y generar un creciente superávit primario. El consolidado del Estado nacional y las provincias alcanzó, en el 2004, al 6% del PBI. El mismo se redujo posteriormente, pero sigue por encima del 3 por ciento. A su vez, el abandono de la convertibilidad y la pesificación del sistema monetario, abrieron la posibilidad de recuperar el comando de la política monetaria y la administración del tipo de cambio. A su vez, el aumento de los precios internos inferior al ajuste cambiario, mejoró la competitividad de la producción de bienes y servicios transables internacionalmente.
La política económica abandonó el canon neoliberal y pudo responder con eficacia a los desafíos y nuevas circunstancias abiertos por la crisis del 2001/2002. Fue así posible recuperar la gestión de los instrumentos de la política económica y provocar un shock de rentabilidad en actividades, particularmente en la industria manufacturera y entre pequeñas y medianas empresas, que habían sido castigadas por la sobrevaluación cambiaria y los otros contenidos de la política anterior. A partir de allí, comenzó la recuperación de la economía argentina.
En la Argentina, la salida de la crisis del 2001/2002 sustentada en los recursos propios del país y en un renovado protagonismo del Estado, implicó, también, un cambio del paradigma dominante. La visión de un país con recursos insuficientes para su desarrollo, incapaz de autogobernarse y, necesariamente, sujeto a los dictados de los países centrales y al ingreso de capital extranjero, tiene una larga tradición en la Argentina y constituye un rasgo dominante de la insuficiencia de su densidad nacional. La experiencia reciente ha desautorizado la visión neoliberal ante la evidencia de una economía capaz de ponerse de pie con sus propios recursos y de una sociedad capaz de gestionar la economía en el marco de la democracia.
Sobre estos mismos cambios se sustenta la capacidad de resistencia que la economía está revelando frente al actual tsunami financiero internacional. El sistema financiero local permanece sólido y no quedó atrapado en ninguna de las burbujas especulativas que afectan a las principales plazas financieras del resto del mundo. La capacidad de autofinanciamiento con ahorro interno, de las necesidades del Estado como de la economía privada, permitió duplicar la tasa de inversión, reducir la deuda y mantener un elevado ritmo de crecimiento.
El hecho que, actualmente, el Poder Ejecutivo esté desplegando un conjunto de acciones de reactivación de la demanda con recursos reales y financieros disponibles (no con déficit fiscal, como está sucediendo en el mundo industrializado), es revelador del cambio drástico que se ha producido en la situación de la economía argentina, sus relaciones internacionales y en el imaginario con el cual se construyen las políticas públicas. Un verdadero cambio de época. Si se consolida, podemos concluir estos últimos años del Segundo Centenario, con un país definitivamente orientado al desarrollo sustentable con equidad.

Una forma extrema de sentir el cine!

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